lunes, febrero 18, 2008

Saber escuchar

Solo hay que bajar la cabeza, cerrar los ojos, concentrarse y recibir el mundo por el oído.
Servirse de ese sentido aturullado por el estrépito ambiental. Nos tambaleamos por la algarabía y el discurso ensordecedor de los políticos, de los obispos, de la telebasura, de los radiopredicadores. Somos monos histéricos, asustados en el parque zoológico, con el culo en carne viva.
Estamos sordos.
Para contrarrestar ese tóxico hay que tranquilizarse escuchando la respiración de los hijos, pausada, ingenua. Acompasar el ritmo cardiaco con ese diapasón en paz.
Oír una canción en la lejanía, tal vez por la ventana abierta. Unos compases reconocibles, de otro tiempo, mú- sica disco con el pelo afro, dulcemente anacrónica, pero que de nuevo te saca a la pista.
Prestar atención al taconeo en el piso superior, los pasos cortos y rápidos, la puerta que se abre, alguien que sale, la vivienda en silencio.
Asentir a la conversación de un amigo, que te cuenta algo banal que escuchó, la historia de un doctor que introduce tenias vivas en el cuerpo de la gente poderosa para que adelgace, por lo que sospechas que quien en realidad nos gobierna son esas tenias largas y dominantes, parasitarias.
Comer sin mirar lo que comes, intentando adivinar qué es por el crujido, prescindiendo de su belleza o fealdad, enfrentándote con pureza a la preparación.
Atender al locutor de la radio que, evitando el grito, la amenaza y la infamia, explica cómo es el mundo, y si aún estamos a tiempo de salvarnos.
Hablar con alguien al que quieres y que te diga que el corazón de su hija prematura late, y late, y seguirá latiendo.

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